Arras o cuando la arroba se convirtió en caracol

Mi pie derecho llora en silencio. Y a falta de polenta le doy pocos kilómetros, los que me llevan a Arras por la carretera de Amiens. La siguiente pista la encontraré en la Casa Diocesana de Arras a la que llego gracias a un buen samaritano que a pie me lleva hasta la misma puerta. Me vuelvo a adelantar a Federico y Giovanni a quienes encuentro perdidos en la Place des Hèros de Arras. O ellos me encuentran a mí para comer un bocadillo de salchichas antes de comprobar en la Oficina de Turismo que el cura de la parroquia de Bapaume (a 30 kilómetros) sufre de mala leche. Y no acoge a más peregrinos. Los italianos vuelven a acompañarme. Me acompañan a estar solo. ¿Por qué me suena esa frase?

Encuentro una nueva pista en la ciudad. Harto de campo gris busco gente. Harto de tráfico, espero que mañana llegue rápido mientras escribo. Y pienso, cosa que empieza a ser tan habitual como las ampollas, en cómo será ése a quien busco. Y si pasó por aquí alguna vez.

La bombardeada Casa Diocesana me acoge hoy por 20€ samaritanos

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