La más perenne catedral de Francia, no es de piedra

Alguien me dijo que con los días el camino iría cobrando más presencia. Y menos importancia lo demás. Ni siquiera ya la pastilla. El paisaje sigue aportando pocas pistas. Sin embargo es potente la impresión cuando pasas de un estado de soledad a desenvolverte entre un puñado de gente nueva. Pensé en África gracias a Annouk y en lo difícil que es vivir para alguien que le tiene alergia a la vida. Pensé en que una gran catedral es la que se construye en una antigua bodeguita de apenas 15 metros cuadrado y que sirve como orartorio como el de las hermanitas benedictinas de Saint Thierry. Pensé como para algunas personas es difícil vivir, cuando tienes fibromialgia y sin embargo decides ir a pie desde tu casa en Francia hasta Jerusalén y ya, de paso, seguir por el Magreb hasta tu casa. Y pensé que nadie quiere ser vagabundo y sin embargo lo somos. No sólo cuando decides ir a pie hasta Irán, como Julia y Wilfrid, sino cuando te reflejas en el holandés errante de las calles de Châlons en Champagne. Y eso que mi cabeza lloraba por el dolor producido por los insecticidas que del mildiu protegen a los millares de viñedos de la Champagne francesa.

Dormir en Verzy en el suelo puede resultar duro. O aguantar toda una tormenta por los antiguamente conocidos como románticos canales franceses. Pero no lo es en absoluto darte cuenta de que el camino ya forma parte de ti casi sin querer y que éste forma parte de tu rutina. Que el no saber donde vas a dormir en medio de la Europa occidental, forma parte de una liturgia de prejuicios y de miedos que sin saber cómo, caen derrotados a media tarde cuando te diriges, ya con paso lento hacia tu nueva cama. Y que sin saber cómo, duermes con el estómago lleno no sólo de nuevas y diferente comidas, sino de nuevas almas que se han cruzado en el camino.

La francígena son mis pies

La francígena son mis pies

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