40 días en el camino para creer en lo mínimo

Llueve en Lausanne mientras miro atrás después de la mitad del viaje hecho hasta ahora. Y al recordar no veo paisajes. Ni siquiera el Canal de La Mancha, los extensos campos de cereales franceses, ni los canales, ni los viñedos de Champagne o las montañas prealpinas suizas del Jura.

Sólo veo personas. Veo rostros y sonrisas. Y no hablo más que de ellas a mi encuentro de nuevas gotas como Dan, el algo tímido inglés que me ha acogido esta noche. A Dan sólo le cuento que estoy agradecido de que la Vía Francígena sea más que un largo paseo por Europa. Le hablo de Anne Marie, de Julia y Will, de Amélie, de Gerard y Martine, de François o de Francis, etc. Y sobre todo de Christian. Es de él de quien más hablo porque me enseño a no juzgar. Con sólo una pregunta.

Y se lo cuento con gusto mientras compartimos la cena que me ha preparado, tras horas de soledad por los campos y rutas suizas, desde Cossonnay, y tras ser golpeado in misericorde por las grandes y pequeñas marcas comerciales que me esperaban atentas a la entrada de Lausanne para hacer de mí una víctima más de sus garras. Por fortuna la Catedral está en lo más alto de la ciudad y pude huir rápidamente con mi mochila algo pesada tras 40 días al encuentro del Lago Léman y de la paz proporcionada por el gótico francés.

Sigo creyendo en lo mínimo. Creo en el Ecumenismo del que he participado y en que tras meses de química encontramos la belleza. Y es ésta la que nos salva.

En el Jura suizo donde existe el absoluto

En el Jura suizo donde existe el absoluto

En Lausanne escapando de las grandes superficies

En Lausanne escapando de las grandes superficies

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