San Gimignano: Alarde fálico en la Toscana asusta al peregrino de la Vía Francígena.

El oler la Toscana como un paisaje bucólico depende sólo de los ojos de quien por ella pasa. Aunque la belleza de ciertos lugares, como San Gimignano, te golpean en la cara hasta olvidar que estás rodeado de cientos, qué digo cientos, ¡miles! de turistas en una especie de atracción de parque temático. Y yo con mi mochila buscando el lugar donde dormir en esta etapa de la Vía Francígena.

Gracias al feudalismo italiano, en la que cada ciudad era independiente, vamos un Estado propio, todas las villas se sitúan en un alto en defensa del vecino invasor (a ver si aprendemos el caos que significa una región plagada de pequeños países y llena de fronteras…) y San Gimignano no era una excepción.

San Gimignano desde la lontananza

San Gimignano desde la lontananza

San Gimignano, punto intermedio entre Florencia y Siena, es paso importante de la Vía Francígena antes de entrar en Siena. Ciudad medieval venida a menos por las luchas intestinas entre güelfos y gibelinos (da igual quienes eran, total, se mataron entre sí por cuestiones nacionalistas que al final siempre son de dinero). Llegó a contar con 75 torres, de las cuales sólo quedan 15. Y es denominada la Manhattan de la Toscana por razones obvias según quienes gustan de hacer comparaciones facilonas. Pero es sin duda la ciudad italiana que en mayor número conserva este tipo de alarde de riqueza y fortaleza.

La comparación fálica aquí sí que es inevitable. Y es que los señores del dinero, la guerra y las posesiones medievales, presumían de tener el mayor número de torres, y las más altas. Hoy día habrían tenido algún que otro Ferrari, Lamborghini, algún prostíbulo y varios canales de televisión, que a la postre es lo mismo.

Hay un hombre en lo alto. ¿Lo ves?

Hay un hombre en lo alto. ¿Lo ves?

Florencia, Siena, Bolonia destrozaron las suyas. San Gimignano algunas. E impresiona, ciertamente. Más si cabe a primeras horas de la mañana en las que el peregrino de la Vía Francígena, acomodado en su soledad, es perturbado por decenas de ciclistas italianos, que gritan como era de esperar en este país. El resto son turistas rubios con pieles preparadísimas para melanomas que en vez de admirar la localidad e indagar en su milenaria Historia, se dedican a hacer sufrir la tarjeta de crédito y las arterias.

Sólo recuerdo a Mariano, el señor que me encontré tres veces en San Gimignano, como único ser acogedor. Ni siquiera el padre Ian de los Agustinanos que con rudeza me pidió la credencial para dormir como peregrino. Tal vez lo pudiera entender viendo a las decenas de holandeses que se acaban de apropiar de la fabulosa paz del convento. Ni siquiera uno de los dueños de la Librería Francígena que estaba más preocupado en cocinar para su nueva amante americana. Aunque me invitó a un vaso de vino tinto. Sigo prefiriendo los de Navarra.

Por cierto, San Gimignano acoge a uno de los famosísimos museos de Italia: el de la tortura. En él no hay ningún aparato de televisor, por lo que es un museo incompleto. Pero curioso en cualquier modo. Belleza y dolor. Es lo que se producía en la Edad Media. Parece que volvemos a esa edad. Sabemos lo que nos espera pues.

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