¿Cómo se puede olvidar el haber sido peregrino por la Vía Francígena?

Yo me siento en Pamplona frente al pequeño ordenador para escribir sobre los 85 días que pasé, entre paso y paso a través de la Vía Francígena, todo el trayecto oficial completo, de Canterbury a Roma. Y me doy cuenta de que como nunca antes en mi vida, recordar cada momento, cada anécdota, resulta extremadamente sencillo y claro. Cada pequeño detalle del camino, cada conversación con las personas que allí me encontré, vuelven frescos a mi cabeza. Pero en esta ocasión los recuerdos regresan filtrados por el corazón, con sabor a emociones quizás nuevas. Quizás ocultas.

Cada etapa al comienzo del trayecto de la Vía Francígena tuvo su correspondiente comparación con el Camino de Santiago. La señalización del camino, los albergues, hasta la comida la analizaba al principio como si de una competición se tratara. Pero sin duda no lo es.

¿Cómo explicar que el Camino de Santiago y la Vía Francígena es lo mismo y distinto a la vez? ¿Cómo explicar a los demás que los 85 días han sido algo más que un gran paseo por Europa? ¿Cómo hacer que los demás alcancen las mismas estrellas que el peregrino ha podido recoger día a día?
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Duele el escribir que la Vía Francígena no es más que una metáfora de la vida. Porque la vida pasa rápido, incluso si la mochila que llevamos pesa más de la cuenta e incluso más de lo permitido. Duele porque duelen las despedidas cada mañana tras el café, y duelen de gozo los nuevos encuentros. Y las bromas entre café, brioche o pan y mantequilla. Porque el camino también pasa rápido. Pero llena de esperanza el oler a nuevo cada mañana, aun sin saber dónde vas a comer o dormir. Porque cada metro del camino, es una grata sorpresa. Incluso si está mal señalizado.

Que el Camino de Santiago y la Vía Francígena son parte de la misma cosa pero al mismo tiempo caminos distintos, resulta muy evidente. Uno no puede dejar de pensar en la soledad de la mayor parte del camino cuando miro por la ventana de mi casa en Pamplona y veo cada vez más peregrinos de todo tipo que atraviesan las viejas calles de esta ciudad para dirigirse a Santiago de Compostela. Todavía ir a Roma desde Canterbury es una especie de aventura, tal vez como pudiera haber sido el Camino de Santiago allá por los años 60-70 del pasado siglo XX. La señalización todavía es precaria y ciertamente confusa en numerosas partes del trayecto.

Pero, ¿cómo construir un trazado “oficial” o no cuando no existe un Códice Calixtino? ¿Cómo hacer un trayecto seguro cuando lo único seguro es la lista de lugares por los que pasó el Arzobispo Sigerico? ¿Cómo hacer un único trazado cuando la suma de intereses públicos y privados tanto en Francia como en Italia hacen que llegue a ser ciertamente difícil hacer un trayecto corto, rápido, sencillo y seguro para los peregrinos? ¿Cómo crear una Vía Francígena cuando unos chupan y malgastan el dinero de la “teta” de Europa sin haber hecho ni siquiera un kilómetro andando por la Vía Francígena? ¿Cómo trabajar todos juntos cuando otros se niegan a unir esfuerzos? ¿Cómo hacer una auténtica Vía Francígena cuando TODOS piensan sólo en cómo ganar dinero?
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Tal vez gracias al caos provocado por las vanidades y los desencuentros entre personas y asociaciones públicas y privadas que impiden señalizar bien el camino de la Vía Francígena, el peregrino descubre el potencial que encierra el perderse frecuentemente por carreteras y senderos de Francia y sobre todo Italia. Cada paso perdido es una oportunidad sin dibujos de peregrinos amarillos o pegatinas de color blanco y rojo. Inglaterra y sobre todo Suiza son otra cosa. Son ejemplo de lo que hay que hacer para hacer que el camino sea fácil para el peregrino.

Cada vez más personas optan por ir de Roma a Santiago y viceversa. Posiblemente la mayoría de ellos con el espíritu de unir ambas ciudades de peregrinación en uno solo y sin el conocimiento histórico que tan necesario resulta para comprender porqué miles de peregrinos vuelven a los caminos. Para unir en una sola vía Santiago de Compostela con Roma, es necesario algo más que rutas trazadas con el GPS o perfectos proyectos de promoción turística. Es necesario ponerse en la piel de aventureros (arzobispos o no) que atravesaban media Europa a pie o en rudimentarios transportes, motivados por algo más que una caminata: su Fe.
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Se equivoca quien piensa que la Vía Francígena acaba en Roma. Porque Roma es eterna. Y Roma no es de los italianos. Gracias a Dios. Se equivoca quien piensa que la Vía Francígena no es más que un camino. Porque la Francígena es algo más que una Vía. Es una Vida. Y ésta continúa. Porque el camino es eterno. Al igual que el peregrino que va a Santiago o a Jerusalén o al supermercado de la esquina o a un nuevo país en busca de trabajo y oportunidades. La Vía Francígena, al igual que el Camino de Santiago, es un encuentro con las personas que a lo largo del camino te han ayudado. Y sobre todo es un encuentro con uno mismo. Como cualquier otra peregrinación o camino en solitario, se trata de poner en su sitio todas las cosas interiores del peregrino. De poner en su sitio el pasado y el futuro que no existen, en lo que verdaderamente existe: el presente, el caminar paso a paso. El peregrino pone en orden sus ideas, creencias y sueños en caminos por los que han pasado centenares de miles de personas que por diferentes motivos iban a Roma. Pero no debemos olvidar el matiz religioso y espiritual. Incluso si no se cree en Dios o en la Iglesia Católica (aunque ésta pase absolutamente de la Vía Francígena), el ir a Roma no es por casualidad.

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Porque buscar Roma entre los caminos pequeños de Europa es de alguna manera buscarse a uno mismo sin el envoltorio de la depresión informativa diaria. Y vista la cosa, la mejor manera es completar la ruta sin el fabuloso uso de la tecnología de un GPS, sólo con los mapas y las orientaciones de los paisanos que por el camino se puede encontrar el peregrino. Porque además un GPS puede no llegar a cumplir las expectativas del caminante. Se espera demasiadas cosas de él que a veces no nos ofrece. Caminos que no existen, rutas no actualizadas… Y si encuentras un camino difícil con un mapa, te sentirás ufano y orgulloso de ti mismo.

Tanto los caminos a Santiago de Compostela como a Roma hablan hoy día de siglos de Historia de construcción europea. Cada uno a su manera. Y es precisamente esta riqueza, todavía perenne, la que llama la atención a nuestros paisanos contemporáneos. Y mientras se lanzan a los caminos y carreteras, bien a pie, en bicicleta u otros medios, contribuyen sin querer a la construcción de una Europa necesitada siempre de estar unida. Los peregrinos de nuestro tiempo no son más locos que los de la Edad Media cuando toman los caminos de peregrinación en busca de su propia historia personal.
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La Historia y la niebla son acompañantes en la Vía Francígena. Y por desgracia, el fútbol. Europa no se construye ni con euros, ni con fútbol. Se construye con recuerdos imborrables en el subconsciente colectivo de todos los muertos en batallas de las grandes guerras. Así lo recuerdan los monumentos que tanto en Inglaterra como Francia ocupan calles y carreteras de pueblos grandes y ciudades pequeñas.

Raúl Santiago Goñi
Presidente de la Asociación de la Vía Francígena en España
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